El dinero es un medio, pero no un fin, y no es lo más conveniente
reunirlo para retenerlo. Con él se evitan o se remedian lo que desde una
perspectiva humana parecen males y privaciones. Pero el avaro tiene
abundancia en el banco y escasez en su vida. En medio de las riquezas se
encuentra pobre y necesitado, y no utiliza las riquezas para obrar
adecuadamente, pues en este sentido para él son como si no existieran.
Es feliz quien se contenta con lo necesario, y desgraciado el que nunca
se satisface. La persona que no desea disfruta de lo que tiene y nada le falta,
pues a todo el mundo le falta lo que desea. Al codicioso no le complace, en
absoluto, lo que posee, sino que le atormenta lo que anhela poseer. Vive con
el alma en aquello de lo que carece y no ve todo lo que le sobra.
Pocas cosas hay tan bellas como la libertad, y por ella hace el ser
humano los mayores sacrificios, pero el avaro renuncia a ella y, por propia
elección, se convierte en esclavo. No posee riquezas, sino que las riquezas le
poseen a él. Sus cadenas son de oro, que son las más fuertes de todas.
Mucho sufrimiento produce el deseo de adquirir riquezas, pero tanto o
mayor sufrimiento provoca el temor de perderlas. Día y noche se encuentra el
avaro vigilando sus riquezas, siempre receloso y desconfiado. Quien así teme
por sus posesiones, con horror verá acercarse el momento de su propia
muerte, en el que la pérdida de todo lo que posee es definitiva.
Amontonando sus riquezas se apropia de lo que no le pertenece en
justicia. Porque si cada uno tomara únicamente lo preciso e imprescindible
para atender a sus verdaderas necesidades y utilizara sus bienes
adecuadamente, nos encontraríamos con otro tipo de humanidad muy distinta
de la actual.
Pero el avaro, al amontonarlos, priva de ellos a otras personas y se comporta
como un ladrón al privar de las cosas esenciales a otros seres humanos.
El destino del avaro es sufrir en este plano de la existencia y en el otro.
El dinero sólo sirve cuando se usa apropiadamente. Casi siempre vale más
cuando se deja que cuando se coge. Por muchos placeres que otorgue el
dinero cuando se acumula o se gasta inapropiadamente, el verdadero goce lo
proporciona cuando se utiliza espiritualmente.